“De como viendo elegir en el supermercado una fruta se puede ser mejor persona”

 

A quien mas a quien menos nos ha pasado que vemos en los demás las situaciones que en nosotros no somos capaces de ver, quizás porque el reflejo que nos depararía el espejo de la vida no nos gusta o quizás porque todavía no es el momento de evaluarse cada cual.

 

Así que os voy a contar una situación de esas que viendo a otro aprendo yo.

 

O mejor dicho. Observo al de enfrente y me doy cuenta de que ese que estoy mirando soy yo mismo el resto de las veces y que veo sus pifias y seguro que muchas otras veces son las mías.

 

Os pongo en situación: Me tocaba hacer la compra para llenar la nevera y en el supermercado del barrio cerca de casa que me planto. Pescado, lácteos, queso semicurado, servilletas de papel y me toca la fruta.

En la zona de fruta cojo naranjas, recuerdo el numero asignado y me voy a la balanza a pesar y pegar la pegatina en la bolsa. Dejar en la cesta y a por kiwis esta vez. Repito la operación con los kiwis, manzanas, aprovecho para coger una cesta de champiñones (guarnición extra para la cena que les gusta a los peques y a mí me apetecen).

De la lista a comprar en el pos-it amarillo que he ido tachando solo quedan ya unos cuantos plátanos y manzanas, de las verdes Golden.

Y es aquí cuando yo raudo y veloz como iba, coge bolsa, mete fruta en la bolsa, vete a pesarla, pega la pegatinilla con el importe, y deja en el carro, ete aquí que me quedo quieto parao!!. No puedo continuar con los plátanos y las manzanas…..

Están juntas estas frutas en la estantería de la frutería, pero es que me quedo perplejo como ante mis ojos, a escasos dos metros más allá de mi prisa y mi carro, esta una señora mayor, de las de llamar “abuela”, parada, estoica de pie todo lo alta que se podía su, quiero pensar, artrosis de sus veteranos huesos, cogiendo de la barquilla una manzana, la miraba detenidamente cual joyero analizando un diamante para saber por dónde pulir.

Miraba la manzana, le daba la vuelta la volvía a mirar y si estaba perfecta, si no tenía la manzana ni una manchita, ni una arruga, si el tamaño era el adecuado a los cánones que tengan las manzanas Golden, la metía con parsimonia en la bolsa.

Llevaba dos piezas la bolsa en su interior cuando comencé a observar la escena, toda mi prisa se disipo y el tiempo empezó a ir para mí, como en las películas, a cámara lenta.

Otra vez la mano lenta de la anciana se estiraba todo lo posible para llegar a coger la candidata que su seguro experto ojo de abuela había preseleccionado.

Como seguramente existirá, alguna ley del reponedor de supermercado, dicá “la distancia al colocar las manzanas en el expositor es directamente proporcional a la elegancia forma y proporciones aéreas de la misma, e inversamente proporcional a la rapidez en ser seleccionada por el cliente,  evitando que sea cogida prematuramente por manos inexpertas”.

 

Así que la anciana estirándose todo lo que su cuerpecillo podía cogía una de las manzanas más alejadas, la atraía hacia sí y la observaba, esta vez la manzana por lo que fuese no logro pasar el test de calidad y la anciana sin dilación la dejo en la barquilla junto a las desechadas o non gratas.

Mi mismamente os podéis imaginar cómo estaba: seguía en mi escena a cámara lenta sin parar de mirar, preguntándome con voz interna así como grave y leeeeeeennntaaaaa preguntaaaaaaandome ¿que lee pasa a esa manzana?

 

El proceso de selección:

El proceso quirúrgico de selección y rechazo duró un total de 6 manzanas seleccionadas y camino a la báscula y después al paraíso de las manzanas y otras 7-8 cogidas, tocadas, observadas con atención y finalmente rechazadas en la barquilla de las manzanas Golden de supermercado, para que otro consumidor inexperto y no selecto las apadrine y lleve a su hogar.

Ni que decir que seguí inmóvil mientras la anciana pasaba por delante de mí, sin ser consiente de todo lo que yo había observado, pesó las manzanas y se dirigió con su cesta de la compra hacia los pasillos de carne y pescado, perdiéndose de mi vista.

Si recordáis, en mi post-it lista de la compra me faltaban y ese era el motivo de haber observado la escena los plátanos y las manzanas… Así que con paso un poco tembloroso y a la expectativa me dirigí ahora yo a situarme delante de la barquilla de manzanas Golden. Mi mano se dirigió a la última que había abandonado en el lateral inferior izquierdo la anciana y la cogí. Me quede mirando la susodicha, le di la vuelta en mi mano, ahora a la derecha, ahora a la izquierda y no fui capaz de detectar nada anómalo que no  tengan las manzanas. Tenía el rabillo, alguna manchita diminuta, ni una arruga o golpe que sea motivo visual de rechazo a primera vista y la metí en mi bolsa.

Repetí la selección-observación con las otras tres manzanas que recordaba donde habían “caído” tras el rechazo de mi amiga y en serio que no pude ver nada anormal salvo en la tercera que tenía un pequeño golpe, pero pequeño, producido casi seguro más por el bamboleo en la barquilla y el movimiento -toques con sus hermanas que otra cosa.

La adopté en mi bolsa con el resto, no podía permitir que se sintiera rechazada por dos veces en menos de un minuto, ¡¡vaya trauma!!  Y aun elegí dos más. La primera la más cercana y la segunda la más alejada y las observe, vaya que las observe y no encontré tal diferencia.

 

Si algo tienen los supermercados de barrio y las manzanas Golden que se venden en ellos es que son todas casi clones perfectas, idénticas, hermanas gemelas sin mutación genética visible.

Otra cosa es cuando compro en el centro ecológico, ahí sí que las manzanas son cada una de un padre y una madre y su atractivo tiene, unas más grandes, otras más pequeñas, más verdes, mas “”””curadas” etc. y  en estas que pensaba todo esto mientras pesaba los plántanos que elegí después que vuelve de regreso de la zona de carnes y pescados por el pasillo lentamente pero sin pausa, tirando de la cesta casi más grande que ella, mi amiga la anciana “Apple Golden” y me ví reflejado en ella. Se convirtió en un espejo y me reflejo mi misma imagen.

 

La Metafora:

 

Esa anciana soy yo, puedo ser yo, seré yo y he sido yo, elijo lo bonito la manzana perfecta, la que no tiene una mota, la que no le falta el rabito, la que ya hace generaciones que no ha tenido un gusano, la que pienso que por ser más bonita tendrá mejor sabor y me veo en el espero que me devuelve reflejada la anciana.

Yo no soy el más bonito, ni el mejor, ni el que no tiene ni una imperfección ni el que mejor saber tendría si fuese manzana y quiero ser elegido, que entre los cestos de parejas una me elija, que entre los cestos de hijos me quieran los que me elijan y que entre los cestos de personas, algunos digan, mira aunque tiene algún golpe se puede elegir.

Así que como colofón, la manzana me enseñó que elegir lo de fuera nos deja muchas veces desnudos, ya que tenemos que practicar con el ejemplo y elegir no por lo de fuera, si no que tenemos que saber que hay dentro lo importante y dar gracias muchas veces, todos los días por tener manzanas de todos los tipos para poder comer y variedad para poder tener de todos los gustos colores y formas.

Mi querida anciana me enseño que muchas veces no vemos en nosotros el interior que tenemos y por el que seguro a mi amiga quieren sus cercanos, hijos si tiene, nietos, amigos, vecinos, pero tampoco el exterior que tenemos con todas nuestras virtudes.

Y que esa inconsciencia nos hace elegir una manzana sin una arruga en su piel, cuando la mano que la está sosteniendo, la cara que la está observando esta no llena, sino que es una mano y una cara arrugas toda ella, de piel lacia y curtida por el paso del tiempo y de un cuerpo que ya ha dado todo lo que tenía que dar.   Una manzana que fue verde y jugosa y que ahora ya está a punto de completar el ciclo.

Gracias amiga anciana por enseñarme en ese supermercado que yo también soy una manzana y que muchas veces elijo siendo una contradicción.

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